Tiene que haber perdón porque hay lugar en el mundo para los ladrones, las prostitutas, los homosexuales, los hipócritas y los desamparados, para los que hacen su camino confuso y alcanzan sus ideales secretos.
Luisa Josefina Hernández, La noche exquisita
Los Ángeles es el sueño americano para millones de salvadoreños, armenios, chinos, vietnamitas, argentinos, españoles, mexicanos y un largo etcétera de nacionalidades y no es para menos. Lo que pasa con usted ese /es que no habla bien inglés ese/ no es de aquí ni es ni de allá ese / pero bien que viene y va ese / que qué onda ese. Mucho más allá de ser el centro de producción filmográfica por excelencia y un refugio no autorizado de inmigrantes que emplea a los mas necesitados por poco menos que nada, es el paraíso del exceso y desperdicio como pocos lugares. Existen leyes de reciclaje, multas estratosféricas por casi cualquier cosa, apoyo a los desamparados, grandes oportunidades para comprar desde un curso para aprender inglés hasta una casa en cómodas y eternas mensualidades, pero sobre todo, una gran propensión al reemplazo temprano, el desperdicio y las compras compulsivas. Basta dar un paseo por cualquier suburbio de no muy alto coste para poder reencontrarse con un tianguis eterno: Sofás, estufas, zapatos, libreros, microondas, juguetes, long plays, macetas, aspiradoras, joyas de fantasía, mascotas, llantas, estéreos. Todo más o menos en desuso pero útil todavía.
Y así, cuando comparamos los diferentes tipos de vagabundos, peregrinos, errabundos, patas de perro, gente de la calle, pordioseros, homeless o como nos acomode mejor nombrar a las personas que carecen de un papel social establecido, más allá de ser un punto en las estadísticas entre un país y otro, es que nos damos cuenta que aquí, en esta súper poblada ciudad ubicada dentro de un país primer mundista, incluso estos pobres diablos gozan de ventajas poco menos que envidiables. Platos frescos de comida china, ropa en buen estado, relojes de pulsera, sombreros e incluso maquillaje es lo que podemos encontrar dentro de sus pertenencias. Unos los tienen a cuenta gotas y otros tantos a gran escala ya sea en carritos de supermercado, debajo de un árbol, semienterrados en los islotes naturales del río, o bien en sus improvisadas casas, mismas que sobreviven algunos días o apenas un par de horas, antes del saqueo que otros de sus pares realizan medio a escondidas y al amparo del bullicio constante. Por las noches la soledad desespera / espera por ti / espera por él / espera por mí también / y por aquél.
¿Y qué es lo que deciden hacer con sus nuevas adquisiciones? La respuesta depende de las necesidades primarias, secundarias, adictivas. Lo cierto es que la mayoría recolectan por instinto de pertenencia y los muy brillantes, con miras a obtener un poco de efectivo que se convierta al final de la jornada en crack, heroína, popers, ácidos o simplemente alcohol barato. Tal vez existan otros que lo hagan para escapar un poco o mucho del monstruo que es la locura y el desamparo; tomando esta actividad como su última conexión con la realidad. Algo así como un trabajo y obligación que mantenga su ya de por sí afectada lucidez en funcionamiento. Ya sea como sustento, negocio, protección u oficio; la gente que vive en la calle recoge, hurta, toma o recolecta sin ningún afán que vaya más allá de lo meramente obvio y primario. Todas y cada una de estas personas siguen esta línea… No, en realidad casi todas, porque de la que hablo ahora es organizada, paciente, selectiva, conocedora, exigente; es una coleccionista.
Cambia esa cara de seria/ esa cara de intelectual, de enciclopedia/ que te voy a inyectar con la bacteria/ para que explotes como máquina de feria. Cuando le pregunto a Lillie su edad se sonroja y con una actitud por demás coqueta se niega a responder meneando los cabellos teñidos de rubio y bajando unas ojos azules, limpios aún. Tal vez tenga 50, poco más o menos. Nació en Guadalajara y vive en las calles de LA desde hace más de 20 años. Cierto es también que su esquizofrenia, ilegalidad, adicción, dualidad, senos inusuales y extravagancia no le impiden ser alguien que trata, de rato en rato, dar un salto afuera de su realidad para entrar a otra completamente ajena a la tangible, una realidad confortable e infinitamente bella.
Debajo del freeway 5 y el 110 Norte, Lillie extiende su territorio a lo largo de 200 metros. Soy un profanador/ estoy desafiando el tiempo/ ya ves mi transición es procurar tenerte/ ya ves que mi obsesión/ está llegando a un límite. ¿Excesivo? ¿Irreal? ¿Inexplicable? No, en esta ciudad de sueños imposibles-posibles. Su hogar comienza frente al Centro Cultural y Lenguas de Lincoln Heights y la ex cárcel de Los Ángeles (misma que cierra sus puertas en los 50 por razones de cupo); termina con su dormitorio y de ahí hace una pausa de banqueta hasta el cruce del siguiente freeway donde los territorios de Antonio —hombre agresivo, pero de buen corazón— comienzan y terminan. La cocina ocupa la primera parte: sartenes, una estufa de carbón, tazas, tomates deshidratándose al sol, platos desechables, aceite, almendras y una botella de whisky a media vida; incluso un gato negro adolescente y un jardín compuesto por mitades de limones amarillos que rodean una señal de tránsito ("No parking Any Time"). Bajo el amparo de un puente, la biblioteca construida con carritos de supermercado y libreros un poco derruidos soportan tomos de cocina, derechos humanos, diccionarios, novelas policíacas, cuentos para niños, directorios telefónicos; todos ellos lejos del alcance de Lillie que por falta de práctica y anteojos, más no de interés, ha olvidado el leer. Una pequeña sala con tapete a colores, un par de sillas, un sofá, la mesa negra al centro y a continuación el gimnasio compuesto por dos bicicletas, una silla de gimnasia y pesas, eso si, en buen estado.
Lo siguiente y último es la habitación principal construida con tablones de madera pintados de verde y rojo con dibujos. Las pertenencias interiores se protegen con infinidad de candados y cadenas a medio oxidar. Herrería agreste y motivos de Hallowen terminan la decoración exterior. Al abrir la puerta, Lillie se pone nerviosa y no es para menos, sólo sus amantes ocasionales (que por cierto no abundan) han sido los únicos testigos de esta intimidad. Voy a ser tu mayordomo/ y gozarás el rol de señora bien/ o puedo ser tu violador/ la imaginación esta noche todo lo puede. Del tendedero que se encuentra en el vestíbulo cuelgan una faja de lycra y 3 sostenes de colores sobrios. Cuando abro la cortina de lana mi travesía en la colección oficialmente comienza: zapatos altos de pulsera, medias, pantimedias, aretes, collares, bolsos de mano, lencería, vestidos entallados con lentejuelas, pelucas, faldas, gel fijador. Todo escrupulosamente en orden por tamaños, categoría y color. La cama pequeña soporta muñecas, lubricante personal y un radio que gracias a la habilidad del buen Antonio funciona con electricidad junto con dos o tres focos pelones colgantes del cielorraso.
Estrecho el espacio y amplias las posibilidades, la habitación de Lillie es su orgullo porque en ella atesora sus más preciadas pertenencias; objetos que le significan un triunfo ya por haberlos rescatado del ultraje o simplemente porque de una o otra forma pudo hacerlos suyos. Al final del dormitorio y debajo de colchas e impermeables se arrejuntan casetes, trozos de tela, relojes, lámparas de mano, maquillaje, pestañas postizas, jarrones chinos y adornos de casa. Todo mutilado y sucio, pero suyo al fin y es que más allá de hacerlo por gusto o afición, Lillie colecciona objetos porque su vida se va y depende de ello. De necesidad a placer hay una gran diferencia, más existe un gran espacio intermedio que es en el que éste ente prófugo se exilia y haya felicidad. Adiós cabaretera/ adiós, adiós.
Después de exponer su refugio, Lillie solicita un descanso y, al igual que yo, un trago más. Pido permiso antes para utilizar su 'baño' y con un breve movimiento de cabeza me muestra el camino. De espaldas a la 'cocina', una malla ciclónica resguarda el estacionamiento de una iglesia china y es esta misma reja la que soporta algunos cuadros con motivos bucólicos al igual que un rollo de papel higiénico, un cobertor azul a modo de puerta y como escusado, unas escaleras clausuradas que en su momento sirvieron como acceso al río de Los Ángeles. Ya de vuelta con Lillie, entre sorbo y sorbo, entre cigarro y cigarro Raleigh tomamos un respiro para observar el paisaje que nos ofrece esta ciudad de noche con altos edificios, puentes y vehículos que no cesan de circular por la avenida: Camiones, motos, USV's, autos eléctricos, patrullas, bicicletas, ambulancias todos emitiendo ruidos estridentes, al menos para mi, pero no para Lillie, que después de vagar en esta ciudad casi la mitad de su vida este tipo de detalles son los que menos importan. Carretera/ hace tanto que ando en carretera/ que cuando pasa al puente a donde llegas/ no estableces la frontera/.
Ahora que el calor del alcohol se nos ha subido un poco a la cabeza, hacemos una pausa de material para entrar a otro tipo de colecciones, algo más mundano y de lugar común; historias, vivencias, experiencias, anécdotas, usanzas, hábitos. Un tío a caballo de nombre Anselmo, los padres Don Antonio y Sara, un grupo de adolescentes que lastimaron su cuerpo a los 14 años, Virgen la mujer que le dio un beso en una rueda de la fortuna en tiempos de fiestas con cohetes y todo, su apatía en la escuela y el hogar, el abandono de Guadalajara, un escape de un centro siquiátrico a sus 20 en la ciudad de México, el cruce de la frontera a los Estados Unidos por Calexico y Arizona, la pizca de fresas y papas, el cansancio y la desidia de encontrarse tan lejos y tan cerca de todo, el arribo a los Ángeles y su primera deportación, su escape de Juárez al romper una ventana y el regreso a la ciudad, el alcohol y los excesos, sus experiencias en la cárcel que fueron desde fungir como cocinero, drogarse con barras de jabón y fabricar alcohol con trozos de pan y fruta, los atentados a espectaculares de la televisora Univisión y el edificio del Consulado de México frente a MacArthur Park, el regreso a la cárcel y el inicio de una vida en la calle, el odio y rencor a su país y a Virgen que con un beso le destruyó la vida, la mendicidad y la pérdida de dientes y muelas, el frío, las enfermedades, el sexo a ratos con un cubano en Elysian Park, sus peleas, la sangre, el resentimiento, las lágrimas; su transformación. De noche todos los gatos /son pardos/ pardo me duermo/ pardo te sueño/.
El silencio que Lillie ocupa para enjugar un par de lágrimas, me da pie a cambiar un poco la conversación y retomar el objeto de la visita. Pregunto si podemos ir a la habitación de Antonio aunque él no esté y, con la previa advertencia de que aparece y desaparece sin previo aviso, dejamos nuestros asientos y entre bocanada y bocanada dirigimos nuestros pasos al punto rojiblanco que se divisa poco antes del Home Depot en San Fernando y Riverside. Las tazas sobre el mantel/ la lluvia derramada/ un poco de miel/ un poco de miel/ no basta/ El eclipse no fue parcial/ y cegó nuestras miradas/ Te vi que llorabas/ te vi que llorabas/ por él.
Son las 23:15 horas con 45, 46, 47, 48 y creo que ya va siendo tiempo de conocer los terrenos de Antonio, quién es y su relación con Lillie, una por cierto, tirante y exhaustiva. Tal vez y ésta sea la razón por la que mantienen distancia el uno del otro, distancia misma que existe tanto como existe nada, que es tan obvia y confusa, tan comprensible como absurda; casi tan absurda como es la idea de encontrarse frente a una fábrica de sábanas y cortinas, detrás de una construcción abandonada, al lado de una entrada al río ahora seco, devastado y lleno de grafitti en sus paredes y debajo de dos puentes viales, la propiedad de Antonio misma que se extiende como algo sutil y espontáneo que sorprende apenas un poco el encontrarse con un dormitorio amueblado con sillones, 3 mesas de noche y una cama queen size cubierta por un edredón satinado y 4 almohadas con fundas blancas. Casi tan absurda como la idea de ser un coleccionista de objetos e historias tan disímiles al mismo tiempo que se comparten elementos vitales e irreconciliables al unísono. Este es; repito; el refugio de Antonio que se delimita con 2 sillones color rojo, un pedazo de alfombra azul y un largo tramo de tul lavanda.
En su 'interior', la habitación pareciera tener paredes que impiden percibir el paisaje y el ruido de los autos; algo así como un ambiente cálido y de tranquilidad. A los pies de la cama hay una de las 3, ésta de uso exclusivo para colocar alcohol y cigarros: Botellas de whisky, tequila, anís, cerveza, vino. Todas ellas vacías de líquido y llenas de colillas de cigarros. El sofá al lado suyo sirve de perchero y organizador personal: corbatas, sacos, sombreros, un par de cajas con cigarros, un frasco de cristal con pedazos de habanos a medio fumar, plumas atómicas, contenedores con comida enlamada, polvo, arañas, manchas. En uno de los extremos y entre dos postes que soportan el puente del freeway, me encuentro con un sillón negro y a modo de calefacción, latas de preservas tamaño comercial con papel periódico en su interior y botellas medio vacías de líquidos combustibles. A espaldas de la habitación y a unos pasos de los rieles que soportan las vías de The Metro Golden Line, atado con gruesos alambres cubiertos de plásticos multicolores, Antonio guarda su pasado como electricista en 5 carritos de supermercado: antenas, cables, usb's, bocinas, monitores de computadoras viejas, multiconectores, pinzas, tablas de triplay, extensiones, fusibles, bombillas, estéreos a pedazos, lámparas de bolsillo, radios portátiles, pilas recargables.
Son las 12:36 con 28, 29, 30. Ahora me encuentro sola en medio de la calle Pasadena casi con Ave 21. Antonio y Lillie no están conmigo ni con ellos mismos. Ambos regresaron a su cotidianidad y a sus dominios, a su refugio y a su realidad, a su guarida y a su vergüenza. A dormir Antonio y a emborracharse Lillie porque mañana no hay que levantarse temprano ni llegar a la oficina a tiempo, porque el policía del edificio de enfrente descansa hoy, porque hay un par de zapatos azul turquesa que quiere estrenar, porque a final de cuentas es Lillie y no Antonio quien va a tomar la bicicleta para ir a visitar al cubano en Elysian Park; porque hay alcohol en la cocina y Antonio está lejos soñando con cables, radios, motocicletas, Virgen y la rueda de la fortuna . El no ganó su vida, la recibió de gracia. El no labró su cuerpo ni concibió su ser. Lo agarró la aventura. Inopinadamente se sintió ya arrebatado por largos movimientos, por corrientes innúmeras, por confundidos bandos, por invisibles ruedas de giros infinitos.
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Tuesday, January 16, 2007
Saturday, September 23, 2006
E. Santiago (Advertencia de un viaje corto)
¿Qué morirá cuando yo muera?
¿Quién se imagina la oscuridad de sus entrañas?
Esteban Echeverría
Jueves 14
Son las 2:00 con 1, 2, 3, 4, intento dormir y no lo consigo. La oscuridad del cuarto me agobia, hace calor, las sábanas aprisionan a mi cuerpo: tengo que levantarme. Prendo una lámpara azul, la que utilizo para escribir en noches como ésta cuando el sueño no viene, más hoy algo raro sucede. Abro el cajón y saco un cuaderno de pastas gris con blanco. Escribo: Lo que antes no me daba miedo ahora asusta, espanta e involucra. Las noches en vela son parte de mi cotidianeidad y eso ya ni siquiera me preocupa pero el calor en el cuerpo, el ansia, el ojo ciego de la oscuridad que no necesita vigilar para hacerse presente en mi habitación... Tengo miedo. Quisiera dejar de escribir este diario para tomar un café y quizás fumar pero no puedo moverme, al menos no en pequeños recorridos. El traslado que necesito para salir de este sopor requiere distancia. Mucha distancia.
No quiero sostener el paisaje de dos cuadras a la redonda, mucho menos el que me ofrecen algunas paredes medio blancas, medio sucias y con una perspectiva tan pobre como la luz que la anuncia. Sólo el olor a mi cuerpo que permanece en cada uno de los rincones de este departamento me indica que aún sigo aquí. Me siento sola, triste y sola. Tan triste y tan sola que ni yo misma me podría crear como personaje. Tan triste y tan sola que no me inventaron, existo. Tan triste y tan sola que en la víspera de un viaje apenas planeado, le robo horas a mi ausente sueño para hojear indefinidamente un viejo álbum de fotografías. Mi vista de rato en rato se cansa. No soporto recordar. Tengo que salir de aquí.
p.d. ¡Me espanta la ciudad! […]
¡Tengo miedo, ¡hay de mí!, de que este vino
tósigo sea, y en mis venas luego
cual duende vengador los dientes clave!
J.M.
Viernes 15
Estimable Sr. Etcétera:
Actualmente entiendo porque de joven dormía tanto. La capacidad de abstracción que de nacimiento se me había negado, en el momento de la vigilia se presentaba de manera rápida, fluida y total como una manifestación del inconsciente. En mis sueños no volaba ni me convertía en algo ilusorio, eso ya había dejado de ser. En ese momento, mis pensamientos reprimidos eran los que afloraban ya pequeños o tremendos, daba lo mismo. Lo que ahora me entristece es que ese sueño se haya perdido. El cansancio me embarga a diario, no puedo hacer nada y por las noches como usted sabe, gasto lo que me queda de fuerza combatiendo un insomnio que ya no soporto. Es por esto que he decidido salir un tiempo, con el firme propósito de recuperar mi sueño y escapar de mis preocupaciones que aunque escasas, usted y yo sabemos, no son nada superficiales.
La capacidad de viajar -como alguna vez se lo había comentado-, radica sólo en la necesidad de traslado. Entre más desesperado e inquieto se esté, más será la distancia que se recorra. Ahora me preparo para hacer un viaje largo y distante. Cuando arribe y en mi primera oportunidad, le notificaré los detalles del mismo y los sucesos importantes sin olvidar los detalles geográficos y turísticos. Anexo a este mensaje le envío mi dirección en la que estaré hospedado. Desde ahí, esperaré con ansiedad su telegrama.
E. Santiago
p.d.: “Recojo mis herramientas: la vista, el oído el gusto, el olfato, el tacto, la mente. Ha caído la tarde, la jornada de trabajo concluye, vuelvo como el topo a mi casa, a la tierra. No es que esté cansado de trabajar, no lo estoy, pero ya se pone el sol.”
N.K.
Domingo 17
Estimado Sr. Etcétera:
El viaje se pospuso dado el maravilloso imprevisto de su visita en la víspera de mi partida. Usted mejor que nadie sabe mi falta de carácter en cuanto se presenta una decisión en la que se tiene que ser firme e irrevocable, y más cuando interviene el factor emocional. Sin rodeos: no tuve el valor de decirle que mi viaje no tiene manera de aplazamiento y mucho menos de cancelación. Ahora hago uso de este medio al que agradezco por no tener que dar la cara, para decirle que estoy en la estación a solo unos minutos de tomar el tren no sin antes reiterarle mi seguro regreso. Tenga por seguro que le escribiré, si me es posible, a diario.
Espero que mi repentina decisión no le afecte ni haga pensar que el apresuramiento se debió a nuestro encuentro el día de ayer, sino que por el contrario esa es la razón que me pudo haber decidido a cancelar el exilio voluntario. Espero también no juzgue mal mi viaje y entienda que el principal deber que tengo ahora es conmigo. Existen serios pendientes que arreglar y usted lo sabe. Ya no es solamente mi paranoia nocturna, ya no son sábanas que se pegan al cuerpo y ojos que vigilan; temo una intriga. Alguien quiere traicionarme y se que está cerca, tanto, que casi lo siento como un compañero de viaje y si así fuera, tendré que enfrentarle. No sé si esta preocupación sea el origen del insomnio, más debo afrontarla.
En este momento, el sonido en la bocina me indica que es hora de partir no sin antes reiterarle el cúmulo de sentimientos que reservo para usted. Estaré bien, pero necesito hacer este viaje sola. Tan pronto como llegue le escribiré.
E. Santiago
p.d. -...Y eso te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo-.
V.H.
Jueves 21
Es de madrugada por los rumbos en que ahora me encuentro y he de confesar que no sólo el frío, cansancio repentino y una reciente enfermedad son lo que me postra en un sillón a escribirle. Suponiendo la segura entrega de mi mensaje enviado en la estación, daba por hecho su respuesta a la brevedad y el darme cuenta de lo contrario me debilita y preocupa. Pienso que tal vez este medio no le sea tan seguro de llegar y prefiera otro. De ser así, le suplico me lo comunique porque necesito saber de usted y que mejor manera que través de palabras suyas, que espero conforten la angustia que acecha desde mi arribo el lunes por la noche.
¿Recuerda el comentario de tener sospechas sobre un complot en mi contra? Pues casi estoy en dar con el autor de tal hecho. Ayer por la noche en la recepción del hotel, al firmar el cuaderno rojo y foliado, noté dos nombres que me resultaron familiares. El primero era de un entrañable amigo en común: E. Landa. El otro, el de una mujer que lamentablemente no recuerdo en imagen, más el sólo hecho de observar cada letra escrita de su nombre, me provocó frío en las piernas y el pecho. Creo que entre tanto espasmo voy a terminar insensible de pies a cabeza. Le confieso que sospecho terriblemente de ella y créame que deseo estar equivocada, pero en los deseos no radica la verdad. Se quien es, pero no la reconozco. Sé su nombre, intuyo sus ideas, descifro sus palabras pero no puedo, nunca pude entenderla. Aún no hemos tenido contacto pero se que sucederá.
Ahora que estoy por enviar esta nota han transcurrido varias horas. Sigo sin conciliar el sueño; el frío ya no es más. Hace calor. El sol entra por la ventana con una fuerza que sólo me indica que tengo que levantarme y salir de este cuarto a matar las horas como si fueran prostitutas viejas: cruelmente y sin lástima ó lo que es igual, inútilmente. Espero con ansia cualquier tipo de mensaje para estar segura que ha recibido mis notas, pero sobre todo, que aún está conmigo.
E. Santiago.
p.d.: “Mientras la realidad se desmorona a pedazos, mi casa es destruida”.
S. S.
Sábado 23
Espero no me juzgue por culpar a la mala administración del hotel, ya que esta fue la que retrasó la entrega de su nota. Creo que es por demás expresar mi profunda gratitud dada la respuesta de su parte a mis mensajes. Me alegró el día y créame que lo necesitaba. El viaje se ha tornado con el paso de las horas pesado y dañino, y por ende, doloroso. Me siento por momentos acorralada y en constante observación por esa mujer a la que no puedo verle el perfil ni escuchar su voz más que en el bullicio; y solamente sentir su presencia como respiración tras mi espalda. Agobiante e incorpórea. Nada más lejano a un sentimiento benigno. Esto es un mal augurio.
Pese a esto, el confort lo encuentro en la degustación de mis largas cenas. El resto del tiempo me siento presa de tensión y agotamiento a la vez, que lo confieso, arroba de una manera tan sensual, que dudo y temo de mi bienestar mental. Realmente espero sea una exageración.
Hoy por la noche dentro de esas sustancias cenas, me he enterado por nuestro amigo que ahora usted se prepara para salir de viaje. Poco antes de venir, E. Landa -como usted ya me lo había dicho-, tuvo a bien visitarlo y me expresó el no verlo nada bien. Entre vaso y platillo, hacía la especulación de que se encontraba rumbo a un sitio de retiro. No lo pude evitar y pregunté cual, si es que él la sabía, era la razón de ese viaje. Especuló nuevamente y luego calló, dejándome aun más preocupada que al inicio. Temo por su salud. Espero que a su llegada me comunique a detalle que padece. Ojalá y sea pasajero.
E. Santiago
p.d: Cae, / como el descenso de su fin último.
J.J.
Miércoles 27.
Siempre pensé que las enfermedades físicas eran peores que las emocionales. Estuve en un error. El viernes pasado tuve una en entrevista con la del nombre impronunciable. Fue tan sencillo como dejarme en la mesita de noche una nota con fecha y hora. Créame, fue terrible y angustiante. Mi boca permaneció cerrada dos largas horas y la de ella solo escupía y disculpe lo anodino de la palabra, “cosas” que sinceramente ignoraba. Pareciera conocerme de hace tiempo y ser espectador vivo de todos los detalles buenos y malos de mi vida. Era tanta su precisión que realmente dudaba que ella no se encontrara presente en todos esos momentos.
Cambiando de tema, creo que le debo una disculpa por lo numeroso de mis notas a comparación de sus telegramas. Pese a que todo el trance de este viaje me ha dejado exhausta y con la energía estrictamente necesaria para respirar y dormir, actividad que por cierto ya he desarrollado bastante bien, no me ha resultado un obstáculo para mi necesidad de hablar con usted, pero sobre todo de mantener nuestro contacto. En su último mensaje me preguntaba por E. Landa; lamento decirle que tenemos la misma información de su paradero a pesar de que lo he visto. Su presencia se ha diluido en las brumas del amanecer y su voz se derrite en el calor de las tardes. Pero no siempre fue así, cambió poco antes de su desaparición, o al menos eso creo. Es un buen amigo pero nunca he podido entenderle. Más que melancolía por su ausencia siento un extraño extrañar hacía él.
Antes de despedirme le hago saber que no menciono su viaje por respeto, más eso no excluye mi preocupación por su bienestar y a la vez cierto recelo. Temo que este sólo sea un pretexto y que realmente no esté enfermo. Parece como si ya no estuviera conmigo, que no quisiera estarlo. Espero equivocarme.
E. Santiago
p.d.: ‘Cause nobody loves me,
It's true,
Not like you do.
P.
Miércoles 3
Mi querido señor Etcétera:
¿Qué es lo que sucede conmigo? Han pasado más de tres noches y pareciera que sólo han sido un par de horas las que dormida estaba. Mi propio descanso se ha convertido en verdugo. Quiero levantarme y no lo consigo, hace más de una semana que no recibo noticias suyas. ¿Me ha abandonado? A E. Landa se lo tragó la tierra y la señora del nombre impronunciable, como fantasma, camina sin ruido toda de blanco, por pasillos y escaleras. Esas cenas abundantes ahora se han convertido en una fuente con guisos poco menos que incomibles. No puedo comprar vino y en la recepción me informan que el clima no es apropiado para salir, mucho menos para regresar a casa.
Estoy desesperada. Quiero pedir ayuda pero el cansancio me impide gritar. Recuerdo que lloré, no se que día, más tengo grabada la imagen de mis lagrimas en el marco enrejado de una ventana que no era la de mi habitación. Estaba en el suelo y parecía como si hubiera sufrido un accidente. Tenía sombras negruscas alrededor de los ojos y marcas pequeñas y rojizas en los antebrazos. Mis piernas, a pedazos, se encontraban rígidas y con manchas blancas. Creo que me violaron.
Odio las paredes tan blancas, odio la mesita de noche donde cada vez hay más botellas y no precisamente de licor. E. Landa hace mucho que se fue y la mujer del nombre impronunciable ya no me sigue más. Tiene todo mi expediente. Que curioso. La vida de uno cabe en unas cuantas hojas. ¿Tan predecible somos los humanos? Creo que si. Por ejemplo, se que usted nunca vendrá a visitarme y aunque lo quisiera, no me permiten recibir visitas. También sé que este viaje no fue mi decisión si no una coincidencia entre el mundo y yo. Una firma en un infolio y mi vida cambió. Este lugar siempre fue mi sitio de descanso y ahora entiendo porqué. Me hacen dormir, me dan de comer y me permiten estar despierta, no mucho, sólo lo suficiente para escribir de vez en cuando. Amistades no tengo, me tienen aislada de la gente. Dicen que hago daño. Me dicen loca, loca incurable, mujer insana, mala mujer. Pero mi poca cordura me basta para saber que no. Que no estoy loca. Que no soy mala. Que nunca le hice daño a nadie. Se que sus notas nunca existieron, también lo sé. Que usted ya está bien muerto lo sé de sobra. Yo lo maté.
¿Quién se imagina la oscuridad de sus entrañas?
Esteban Echeverría
Jueves 14
Son las 2:00 con 1, 2, 3, 4, intento dormir y no lo consigo. La oscuridad del cuarto me agobia, hace calor, las sábanas aprisionan a mi cuerpo: tengo que levantarme. Prendo una lámpara azul, la que utilizo para escribir en noches como ésta cuando el sueño no viene, más hoy algo raro sucede. Abro el cajón y saco un cuaderno de pastas gris con blanco. Escribo: Lo que antes no me daba miedo ahora asusta, espanta e involucra. Las noches en vela son parte de mi cotidianeidad y eso ya ni siquiera me preocupa pero el calor en el cuerpo, el ansia, el ojo ciego de la oscuridad que no necesita vigilar para hacerse presente en mi habitación... Tengo miedo. Quisiera dejar de escribir este diario para tomar un café y quizás fumar pero no puedo moverme, al menos no en pequeños recorridos. El traslado que necesito para salir de este sopor requiere distancia. Mucha distancia.
No quiero sostener el paisaje de dos cuadras a la redonda, mucho menos el que me ofrecen algunas paredes medio blancas, medio sucias y con una perspectiva tan pobre como la luz que la anuncia. Sólo el olor a mi cuerpo que permanece en cada uno de los rincones de este departamento me indica que aún sigo aquí. Me siento sola, triste y sola. Tan triste y tan sola que ni yo misma me podría crear como personaje. Tan triste y tan sola que no me inventaron, existo. Tan triste y tan sola que en la víspera de un viaje apenas planeado, le robo horas a mi ausente sueño para hojear indefinidamente un viejo álbum de fotografías. Mi vista de rato en rato se cansa. No soporto recordar. Tengo que salir de aquí.
p.d. ¡Me espanta la ciudad! […]
¡Tengo miedo, ¡hay de mí!, de que este vino
tósigo sea, y en mis venas luego
cual duende vengador los dientes clave!
J.M.
Viernes 15
Estimable Sr. Etcétera:
Actualmente entiendo porque de joven dormía tanto. La capacidad de abstracción que de nacimiento se me había negado, en el momento de la vigilia se presentaba de manera rápida, fluida y total como una manifestación del inconsciente. En mis sueños no volaba ni me convertía en algo ilusorio, eso ya había dejado de ser. En ese momento, mis pensamientos reprimidos eran los que afloraban ya pequeños o tremendos, daba lo mismo. Lo que ahora me entristece es que ese sueño se haya perdido. El cansancio me embarga a diario, no puedo hacer nada y por las noches como usted sabe, gasto lo que me queda de fuerza combatiendo un insomnio que ya no soporto. Es por esto que he decidido salir un tiempo, con el firme propósito de recuperar mi sueño y escapar de mis preocupaciones que aunque escasas, usted y yo sabemos, no son nada superficiales.
La capacidad de viajar -como alguna vez se lo había comentado-, radica sólo en la necesidad de traslado. Entre más desesperado e inquieto se esté, más será la distancia que se recorra. Ahora me preparo para hacer un viaje largo y distante. Cuando arribe y en mi primera oportunidad, le notificaré los detalles del mismo y los sucesos importantes sin olvidar los detalles geográficos y turísticos. Anexo a este mensaje le envío mi dirección en la que estaré hospedado. Desde ahí, esperaré con ansiedad su telegrama.
E. Santiago
p.d.: “Recojo mis herramientas: la vista, el oído el gusto, el olfato, el tacto, la mente. Ha caído la tarde, la jornada de trabajo concluye, vuelvo como el topo a mi casa, a la tierra. No es que esté cansado de trabajar, no lo estoy, pero ya se pone el sol.”
N.K.
Domingo 17
Estimado Sr. Etcétera:
El viaje se pospuso dado el maravilloso imprevisto de su visita en la víspera de mi partida. Usted mejor que nadie sabe mi falta de carácter en cuanto se presenta una decisión en la que se tiene que ser firme e irrevocable, y más cuando interviene el factor emocional. Sin rodeos: no tuve el valor de decirle que mi viaje no tiene manera de aplazamiento y mucho menos de cancelación. Ahora hago uso de este medio al que agradezco por no tener que dar la cara, para decirle que estoy en la estación a solo unos minutos de tomar el tren no sin antes reiterarle mi seguro regreso. Tenga por seguro que le escribiré, si me es posible, a diario.
Espero que mi repentina decisión no le afecte ni haga pensar que el apresuramiento se debió a nuestro encuentro el día de ayer, sino que por el contrario esa es la razón que me pudo haber decidido a cancelar el exilio voluntario. Espero también no juzgue mal mi viaje y entienda que el principal deber que tengo ahora es conmigo. Existen serios pendientes que arreglar y usted lo sabe. Ya no es solamente mi paranoia nocturna, ya no son sábanas que se pegan al cuerpo y ojos que vigilan; temo una intriga. Alguien quiere traicionarme y se que está cerca, tanto, que casi lo siento como un compañero de viaje y si así fuera, tendré que enfrentarle. No sé si esta preocupación sea el origen del insomnio, más debo afrontarla.
En este momento, el sonido en la bocina me indica que es hora de partir no sin antes reiterarle el cúmulo de sentimientos que reservo para usted. Estaré bien, pero necesito hacer este viaje sola. Tan pronto como llegue le escribiré.
E. Santiago
p.d. -...Y eso te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo-.
V.H.
Jueves 21
Es de madrugada por los rumbos en que ahora me encuentro y he de confesar que no sólo el frío, cansancio repentino y una reciente enfermedad son lo que me postra en un sillón a escribirle. Suponiendo la segura entrega de mi mensaje enviado en la estación, daba por hecho su respuesta a la brevedad y el darme cuenta de lo contrario me debilita y preocupa. Pienso que tal vez este medio no le sea tan seguro de llegar y prefiera otro. De ser así, le suplico me lo comunique porque necesito saber de usted y que mejor manera que través de palabras suyas, que espero conforten la angustia que acecha desde mi arribo el lunes por la noche.
¿Recuerda el comentario de tener sospechas sobre un complot en mi contra? Pues casi estoy en dar con el autor de tal hecho. Ayer por la noche en la recepción del hotel, al firmar el cuaderno rojo y foliado, noté dos nombres que me resultaron familiares. El primero era de un entrañable amigo en común: E. Landa. El otro, el de una mujer que lamentablemente no recuerdo en imagen, más el sólo hecho de observar cada letra escrita de su nombre, me provocó frío en las piernas y el pecho. Creo que entre tanto espasmo voy a terminar insensible de pies a cabeza. Le confieso que sospecho terriblemente de ella y créame que deseo estar equivocada, pero en los deseos no radica la verdad. Se quien es, pero no la reconozco. Sé su nombre, intuyo sus ideas, descifro sus palabras pero no puedo, nunca pude entenderla. Aún no hemos tenido contacto pero se que sucederá.
Ahora que estoy por enviar esta nota han transcurrido varias horas. Sigo sin conciliar el sueño; el frío ya no es más. Hace calor. El sol entra por la ventana con una fuerza que sólo me indica que tengo que levantarme y salir de este cuarto a matar las horas como si fueran prostitutas viejas: cruelmente y sin lástima ó lo que es igual, inútilmente. Espero con ansia cualquier tipo de mensaje para estar segura que ha recibido mis notas, pero sobre todo, que aún está conmigo.
E. Santiago.
p.d.: “Mientras la realidad se desmorona a pedazos, mi casa es destruida”.
S. S.
Sábado 23
Espero no me juzgue por culpar a la mala administración del hotel, ya que esta fue la que retrasó la entrega de su nota. Creo que es por demás expresar mi profunda gratitud dada la respuesta de su parte a mis mensajes. Me alegró el día y créame que lo necesitaba. El viaje se ha tornado con el paso de las horas pesado y dañino, y por ende, doloroso. Me siento por momentos acorralada y en constante observación por esa mujer a la que no puedo verle el perfil ni escuchar su voz más que en el bullicio; y solamente sentir su presencia como respiración tras mi espalda. Agobiante e incorpórea. Nada más lejano a un sentimiento benigno. Esto es un mal augurio.
Pese a esto, el confort lo encuentro en la degustación de mis largas cenas. El resto del tiempo me siento presa de tensión y agotamiento a la vez, que lo confieso, arroba de una manera tan sensual, que dudo y temo de mi bienestar mental. Realmente espero sea una exageración.
Hoy por la noche dentro de esas sustancias cenas, me he enterado por nuestro amigo que ahora usted se prepara para salir de viaje. Poco antes de venir, E. Landa -como usted ya me lo había dicho-, tuvo a bien visitarlo y me expresó el no verlo nada bien. Entre vaso y platillo, hacía la especulación de que se encontraba rumbo a un sitio de retiro. No lo pude evitar y pregunté cual, si es que él la sabía, era la razón de ese viaje. Especuló nuevamente y luego calló, dejándome aun más preocupada que al inicio. Temo por su salud. Espero que a su llegada me comunique a detalle que padece. Ojalá y sea pasajero.
E. Santiago
p.d: Cae, / como el descenso de su fin último.
J.J.
Miércoles 27.
Siempre pensé que las enfermedades físicas eran peores que las emocionales. Estuve en un error. El viernes pasado tuve una en entrevista con la del nombre impronunciable. Fue tan sencillo como dejarme en la mesita de noche una nota con fecha y hora. Créame, fue terrible y angustiante. Mi boca permaneció cerrada dos largas horas y la de ella solo escupía y disculpe lo anodino de la palabra, “cosas” que sinceramente ignoraba. Pareciera conocerme de hace tiempo y ser espectador vivo de todos los detalles buenos y malos de mi vida. Era tanta su precisión que realmente dudaba que ella no se encontrara presente en todos esos momentos.
Cambiando de tema, creo que le debo una disculpa por lo numeroso de mis notas a comparación de sus telegramas. Pese a que todo el trance de este viaje me ha dejado exhausta y con la energía estrictamente necesaria para respirar y dormir, actividad que por cierto ya he desarrollado bastante bien, no me ha resultado un obstáculo para mi necesidad de hablar con usted, pero sobre todo de mantener nuestro contacto. En su último mensaje me preguntaba por E. Landa; lamento decirle que tenemos la misma información de su paradero a pesar de que lo he visto. Su presencia se ha diluido en las brumas del amanecer y su voz se derrite en el calor de las tardes. Pero no siempre fue así, cambió poco antes de su desaparición, o al menos eso creo. Es un buen amigo pero nunca he podido entenderle. Más que melancolía por su ausencia siento un extraño extrañar hacía él.
Antes de despedirme le hago saber que no menciono su viaje por respeto, más eso no excluye mi preocupación por su bienestar y a la vez cierto recelo. Temo que este sólo sea un pretexto y que realmente no esté enfermo. Parece como si ya no estuviera conmigo, que no quisiera estarlo. Espero equivocarme.
E. Santiago
p.d.: ‘Cause nobody loves me,
It's true,
Not like you do.
P.
Miércoles 3
Mi querido señor Etcétera:
¿Qué es lo que sucede conmigo? Han pasado más de tres noches y pareciera que sólo han sido un par de horas las que dormida estaba. Mi propio descanso se ha convertido en verdugo. Quiero levantarme y no lo consigo, hace más de una semana que no recibo noticias suyas. ¿Me ha abandonado? A E. Landa se lo tragó la tierra y la señora del nombre impronunciable, como fantasma, camina sin ruido toda de blanco, por pasillos y escaleras. Esas cenas abundantes ahora se han convertido en una fuente con guisos poco menos que incomibles. No puedo comprar vino y en la recepción me informan que el clima no es apropiado para salir, mucho menos para regresar a casa.
Estoy desesperada. Quiero pedir ayuda pero el cansancio me impide gritar. Recuerdo que lloré, no se que día, más tengo grabada la imagen de mis lagrimas en el marco enrejado de una ventana que no era la de mi habitación. Estaba en el suelo y parecía como si hubiera sufrido un accidente. Tenía sombras negruscas alrededor de los ojos y marcas pequeñas y rojizas en los antebrazos. Mis piernas, a pedazos, se encontraban rígidas y con manchas blancas. Creo que me violaron.
Odio las paredes tan blancas, odio la mesita de noche donde cada vez hay más botellas y no precisamente de licor. E. Landa hace mucho que se fue y la mujer del nombre impronunciable ya no me sigue más. Tiene todo mi expediente. Que curioso. La vida de uno cabe en unas cuantas hojas. ¿Tan predecible somos los humanos? Creo que si. Por ejemplo, se que usted nunca vendrá a visitarme y aunque lo quisiera, no me permiten recibir visitas. También sé que este viaje no fue mi decisión si no una coincidencia entre el mundo y yo. Una firma en un infolio y mi vida cambió. Este lugar siempre fue mi sitio de descanso y ahora entiendo porqué. Me hacen dormir, me dan de comer y me permiten estar despierta, no mucho, sólo lo suficiente para escribir de vez en cuando. Amistades no tengo, me tienen aislada de la gente. Dicen que hago daño. Me dicen loca, loca incurable, mujer insana, mala mujer. Pero mi poca cordura me basta para saber que no. Que no estoy loca. Que no soy mala. Que nunca le hice daño a nadie. Se que sus notas nunca existieron, también lo sé. Que usted ya está bien muerto lo sé de sobra. Yo lo maté.
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